
¿Le ganamos al fascismo? No.
La ultraderecha domina el parlamento y sigue avanzando.
El Partido Liberal, plataforma de los Bolsonaro, consiguió 121 escaños en la Cámara de Diputados y pasó de 15 a 28 asientos en el Senado, lo que se traduce en la mayor representación de un solo partido en ambas cámaras en casi 40 años.
A la ultraderecha y al capital se le debe derrotar principalmente en las calles, ambos van de la mano, no se le puede dejar ni una sola cabeza, hay que ser tajantes, y ello no es algo que Lula, el Partido de los Trabajadores y sus aliados ignoren, mas bien, no es su objetivo. Lula y su grupo han claudicado históricamente, para ganar gobernabilidad se amoldan a la burguesía, manteniendo la cautividad de las masas e incluso incorporando y abriéndole las puertas a personajes de la ultraderecha. Como ya ha sucedido en otras ocasiones en la historia, la cautividad del sindicalismo y masas populares por parte del “progresismo” allana el camino a los golpes y avances de la ultraderecha.

Prometer no cuesta… a veces gana elecciones, aunque la factura puede llegar cara. Las promesas de Lula se encuentran en medio de conflictos irreconciliables entre las clases sociales cada vez más difíciles de posponer y que no podrán resolverse más que quedando mal con uno u con otro lado. Resulta absurdo que el “progresismo” hable de antifascismo cuando no busca el control obrero de los medios de producción ni la liquidación del capitalismo, ni siquiera llega a la reforma agraria o la expropiación del gran capital, más bien ha cuidado la tasa de ganancia del imperialismo brasileño.
El progresismo siempre esconde el pagaré.
Más allá del marketing político, los principales puntos de la victoria de Lula son:
- La reducción de la jornada laboral legal de 44 a 40 horas semanales (eliminación paulatina de la escala laboral de 6×1).
- Refinanciación de deudas para las familias endeudadas.
- Ampliación de los límites de facturación para microemprendedores.
- Prohibición de la explotación, oferta, intermediación y publicidad de las apuestas en línea y de cuota fija (conocidas como bets) y casinos virtuales.
- Mayor participación de la federación en la seguridad pública y reducción de la edad de imputabilidad penal.
- Mantener asistencialismo social (apoyos monetarios, ampliación en la atención del sistema de salud y apoyos a microempresas).
- Mantener el marco fiscal y un superávit primario de 1,3% del PIB para 2030, ante un déficit creciente del 10% del PIB y una deuda pública disparada al 82%.
- El descontento frente a los Bolsonaro.
El social-liberalismo postneoliberal :
El primer mandato de Lula combinó el esquema heredado del neoliberalismo previo, respetando las metas de inflación estricta, un alto superávit fiscal primario y el pago puntual de los compromisos de la deuda externa financiera con el asistencialismo social en lugar de reformas o cambios estructurales. Pese al Impuesto sobre Grandes Fortunas establecido constitucionalmente, las reformas fiscales recientes aprobadas bajo la administración del PT & Co., se han concentrado en establecer una tasa impositiva mínima sobre la renta anual de los “superricos”, este dinero termina regresando a estos al estabilizar las cuentas públicas y calmar a los mercados financieros.
El populismo de conciliación de clases: una bomba de tiempo.
El dominio corporativo de Lula y del PT de la Central Única de Trabajadores (CUT) ha sido la moneda de cambio para garantizar la gobernabilidad burguesa, por un lado con una aristocracia obrera y por el otro una precarización clientelizada. El auge de las commodities de la primera década del siglo brindó las condiciones necesarias para que Brasil pudiera escalar como potencia mundial, especialmente gracias al crecimiento de China e India.El PT y el gobierno de Lula actuaron como impulsores a fondo de la construcción imperial de la burguesía brasileña, particularmente desde la banca pública estatal.
El polvo bajo la alfombra
Brasil adolece de una gran desigualdad, una economía poco diversificada, desindustrializada especialmente por un periodo, infraestructura deficiente, extractivista pero que al exterior se ha extendido en los sectores agroindustrial, de producción de bienes intermedios, la industria pesada (minería, petróleo, siderurgia, metalurgia, aeronáutica), bebidas, cosméticos. La expansión en el Cono Sur, a nivel continental, y el empuje de los BRICS han sido necesarios para el desarrollo de las tasas de ganancia, dicho empuje permitió un margen de acción para aumentos a los mínimos salariales, aceptados por la burguesía para dinamizar el consumo interno. La subsistencia del capital brasileño, como de cualquier otro, descansa sobre la clase trabajadora, las comunidades y la naturaleza, incluso sobre las de otros países de la región. Los gobiernos de Lula y del PT han estado en el centro de varios de los escándalos de corrupción más grandes de la historia de Brasil. Destacan los sobornos políticos del Mensalão, la Operación Lava Jato (Autolavado) y el escándalo de Petrobras (2014), también relacionados con las empresas Odebrecht y OAS. Brasil no es más que parte de la crisis sistémica del capitalismo global, y el imperialismo brasileño también será engullido.
Lula o Bolsonaro, una falsa dicotomía de la alternancia burguesa.
Una cosa es festejar la derrota de Bolsonaro y otra es hacerle campaña y darle apoyo a Lula. La socialdemocracia, el social-liberalismo, el reformismo y similares son la pata izquierda de la burguesía; el apoyo, así sea sólo electoral, dificulta aún más la construcción de una alternativa con independencia de clase. Si bien celebramos la derrota de Bolsonaro, no es esta la derrota de la derecha, es sólo una página de la alternancia burguesa que sigue encubriendo al gran capital.
Por una alternativa revolucionaria.
Desde el Partido de los Trabajadores, el Partido Comunista de Brasil, el Partido Verde, el Partido Socialista Brasileño, el Partido Democrático Laborista, el Partido Socialismo y Libertad – Red de Sostenibilidad, por fuera de sus palabras y su moderación, van a la cola de la colaboración de clases donde Lula y el PT le dan la mano al Partido Social Democrático y al Movimiento Democrático Brasileño. Lula mismo reconoce que “la izquierda se ha convertido en gerente de los males del capitalismo” y tiene razón, la derecha ha ganado peso en los barrios, universidades, sindicatos, mientras la izquierda no quiere romper con el capital.
La única forma de extirpar de raíz la influencia de la derecha es superar el orden capitalista y el régimen burgués, sustituyéndolos por la autoorganización de los de abajo. En lugar de estar dándole respiros a ambas patas del capital, la izquierda revolucionaria debería concentrarse en levantar una vía independiente, revolucionaria y desde las bases.
¡Por un gobierno obrero, campesino y popular!
¡Socialismo o Extinción!