
Desde 2015 y hasta 2019 asistimos a un reverdecer de las luchas en muchos países del mundo luego del período reaccionario 2008 a 2014, sin embargo, esto terminó en 2020 a partir de la declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A caballo de esta declaración, la mayoría de las naciones impusieron medidas de confinamiento y punibilidad en casos de desobediencia en distintos grados, algunas con limitaciones parciales y otras extremadamente duras.
La OMS categorizó a COVID19 como una zoonosis, es decir una dolencia provocada por un microorganismo -en este caso un virus- huésped habitual de otra especie animal que mutó y se adaptó al organismo humano. Esto es cada vez más común debido a la convergencia de dos fenómenos crecientes, por un lado la crianza industrial de millones de aves de corral, porcinos y bovinos en confinamiento y por otro, la migración de especies otrora salvajes hacia ambientes urbanos, producto de la degradación de sus ecosistemas de origen, utilizados para agricultura extensiva de monocultivos sobre la base de agrotóxicos que destruyen la cadena trófica originaria.
Es cierto que entonces algunos pequeños sectores de la burguesía se resistieron con argumentos de índole económica y otros con arengas ideológicas, pero la gran burguesía transnacional impulsó estas medidas en todo el planeta, toda vez que gobiernan las grandes potencias imperialistas; sólo ajustaron las “excepciones razonables” que apoyaban sus intereses inmediatos.
A partir de allí se desató la locura, el pánico deliberadamente reproducido, fue el marco de la existencia diaria de explotados y oprimidos. En algunas naciones se desató una represión feroz, con cacerías, encarcelamientos, persecuciones y asesinatos ofrendados al altar de la “solidaridad” contra el “maldito” virus, haciéndose moneda común.
Esto fue apoyado por un formidable aparato de censura mediática que castigó toda oposición y funcionó como un protocolo de control de la información que favorecía la delación y peor aún la internación de personas allegadas -incluidos parientes- “para evitar el contagio”, es decir en aras de una supuesta solidaridad, se instaló un individualismo mezquino y reaccionario.
A pesar de ello, en varias naciones hubo resistencia al control social, que se manifestó en forma variopinta, pero no por ello menos valiente. Es cierto que los gobiernos -y no sólo ellos- trataban de vincular estas protestas a la ultraderecha terraplanista, sin aportar al día de hoy ninguna prueba que relacione esas protestas populares con las declaraciones de instituciones y personajes de esa caterva.
Lo cierto es que existió resistencia y en algunos lugares fue importante; esto no niega que de conjunto fueron minoritarias, pero existieron, a pesar de que no hubo ninguna corriente que se reivindicara revolucionaria marxista, leninista o trotskista de alguna importancia en el mundo que haya llamado a desobedecer a los gobiernos burgueses, en línea con la estrategia leninista de impulsar la movilización y organización de las masas independientes de la burguesía, salvo diez o quince grupos trotskistas en todo el mundo que no sumábamos más de 100 militantes en conjunto. En nuestro caso, si bien existió una fuerte discusión sobre el tema, se impuso la posición generalizada en todas las clases sociales alrededor del mundo, impulsada por la burguesía
Indudablemente fue una enorme derrota, de hecho, recién en 2024 volvieron a aparecer las luchas en forma más o menos importante alrededor del globo. La burguesía consciente del peligro que representaba el nivel de luchas en 2019, aprovecho la oportunidad que supuso la pandemia y haciendo uso de su experiencia histórica, detuvo esa dinámica y más importante aún, experimentó con “soluciones” que le serán vitales en el futuro.
Ellos temerosos de su debilidad, atisban el futuro comprendiendo la importancia de prepararse para un porvenir signado por catástrofes ambientales, guerras, genocidios y migraciones masivas que harán trizas la gobernabilidad, aun en naciones imperialistas. Esto es hoy una situación habitual en el norte, centro y oriente de Africa, en Medio Oriente y en Myanmar, Tailandia y Camboya. Miles de personas son víctimas de la aplicación del estado de sitio o la ley marcial en Ecuador, el oriente de Colombia, Senegal, Chad, Afganistán, etc…
Ante estos extremos la burguesía cuanta hoy con un formidable instrumento de control; el confinamiento social, ensayado exitosamente en 2020.
¿Y los revolucionarios? ¿Sacaremos enseñanzas de las experiencias? Para ello es vital hacer balances claros sin evadir la realidad, de lo contrario no habrá autocrítica ni aprendizaje, ni mejores capacidades hacia el futuro, por lo que de persistir en la necedad ya podemos conocer hoy que nos depara el futuro: nuevas derrotas.
25/10/2025