
Mientras Morena mantiene el chantaje del regreso de una derecha, supuestamente derrotada, el 12 de marzo pasado se dieron actos de movilización militarista, conformadas especialmente de soldados en activo, exmilitares y familiares que, en la Ciudad de México, marcharon en plena avenida Reforma hasta el Zócalo capitalino y que, en otras ciudades como Cuernavaca, Puebla, Zapopan, San Luis Potosí, Oaxaca, Tampico, Pachuca y Chilpancingo, Iguala y Atoyac en Guerrero, realizaron concentraciones. Ante ello, López Obrador aseveró que era una movilización ‘promovida por la delincuencia’ y de ‘propósitos nada justos’.
Los manifestantes reclamaban la inocencia de militares que dispararon y remataron a sangre fría a cinco jóvenes que viajaban en una camioneta en Nuevo Laredo en la madrugada del 26 de febrero, bajo sospecha de que eran criminales, esto llevó a la protesta de familiares y vecinos en la mañana del mismo día. Al verse increpados, los militares disuadieron la protesta accionando sus armas, esta última acción también es defendida por quienes marcharon. Cuatro de estos elementos enfrentan la justicia militar por desacato -en vez de la justicia civil, dado que no asesinaron a otros militares o dispararon en contexto de combate armado-. Sin embargo, en esta marcha también hubo posicionamiento en contra de los Derechos Humanos bajo la idea que éstos ‘protegen delincuentes’, no obstante, exigían al presidente el respeto a los derechos de los militares, pues el gobierno les trata de manera ‘inhumana e injusta’.
No es la primera ocasión que suceden asesinatos a mano de militares bajo presunción de sospecha o a veces ni eso. El domingo 16 de abril, al sur de Nuevo Laredo, Tamaulipas, una camioneta donde viajaban una joven embarazada, un hombre de 54 años y otras cinco personas recibió disparos de parte de uniformados de la Guardia Nacional, la joven y el hombre murieron, los demás resultaron con heridas, algunas de gravedad, instantes más tarde les rodearon y les despojaron de sus celulares, afortunadamente, ya habían llamado a una ambulancia y se habían contactado con sus familiares. Hechos como éstos anteceden más allá del presente sexenio pero no se puede deslindar de responsabilidades a estas administraciones.
Militarización.
Un gobierno encabezado por militares tiene la característica inherente de ser autoritarista, violador sistemático de DDHH y la costumbre de arreglar los problemas a balazos, por supuesto, con su obvia inestabilidad. Prueba de esto, es la historia de los regímenes militares en México, Latinoamérica y demás regiones alrededor del mundo. Si el Estado es definido como el instrumento monopolizador del uso ‘legítimo’ de la fuerza (que sirve al capital), un Estado militarizado sería el extremo totalitario. Luchar contra eso, era parte de la consigna obradorista antes de iniciado el sexenio.
En el siglo XIX, el ejército nacional mexicano, emanado del ejército trigarante, tenía cierto carácter antiimperialista ante las numerosas invasiones, pero con su herencia española acumuló una serie de privilegios convirtiéndose en oligarquía al lado de la iglesia, conduciendo a la ruina económica y manteniendo suma inestabilidad política, no obstante, estos privilegios fueron abolidos por la Ley Juárez en la Constitución de 1857 y la Guerra de Reforma, incluso, una de estas leyes consistía en abolir los tribunales especiales y que los militares fueran juzgados en tribunales civiles, aspecto que hoy parece “olvidado” por el obradorismo.
Las Fuerzas Armadas contemporáneas se constituyeron en el siglo pasado, conformadas por estratos populares, surgieron esencialmente en la revolución mexicana. Estas provienen, tras derrotar a porfiristas, liquidar villistas y zapatistas, principalmente de la facción constitucionalista que, bajo el bonapartismo de Álvaro Obregón, trató de aglutinar la mayoría de las demandas del nacionalismo revolucionario bajo la dirección de un gobierno burgués, pues el contexto de movilización de masas a nivel nacional e internacional, obligaba a gobiernos débiles e incipientes, como el mexicano, a la negociación y la inclusión de las demandas de los diversos sectores populares en la política nacional. En los primeros años, el ejército posrevolucionario hizo frente a la insurrección cristera y, poco después, luchó contra la reacción cristera y el fascismo en Europa durante el gobierno de Ávila Camacho, en la llamada Segunda Guerra Mundial.
El periodo del régimen militarista fue cerrado por Lázaro Cárdenas, el nacionalismo revolucionario engendró a la burguesía nacional quien sería el creciente beneficiario del Estado mexicano, resultado de ello nació el organismo político de la clase dominante, el Partido Revolucionario Institucional. El bonapartismo no se puede mantener por mucho tiempo y, ante los atisbos revolucionarios en América Latina, el gobierno prefirió la cercanía con el imperialismo estadounidense antes que atender las demandas y carencias populares, integrándose a la guerra imperialista. Aunque México ganó cierto peso y autonomía que le permitía ciertas concesiones a las masas, nunca dejó de ser un Estado lacayo del imperialismo y se sumó a la Guerra Fría, conocida en Latinoamérica como Guerra Sucia. En este contexto, suceden las represiones a movilizaciones laborales de trabajadores petroleros, telegrafistas, maestros y otros sectores en los 50s, la toma del Casco de Santo Tomas del IPN en 1957, las represiones al movimiento de 1968, la liquidación de movimientos guerrilleros desde los 60s, entre otros. Los militares, como institución, no desacataron hacerle la guerra al pueblo. Tan atroces son los crímenes de Estado que niegan una y otra vez el derecho a la verdad y a la dignidad, incluso ahora, a pesar de que AMLO ha anunciado que los expedientes del extinto Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), ahora Centro Nacional de Inteligencia al Archivo General de la Nación, están abiertos para su consulta pública; lo cierto es que al momento es sólo un expediente, pues muchos fueron destruidos.
En México el régimen busca quitarse la presión de la crisis normalizándola, aunque su opuesto también resulta lucrativo, una narco-cultura va muy bien con el individualismo capitalista y machista, el amarillismo de los medios de comunicación hace suntuosos negocios con los políticos; otro beneficio es el miedo que paraliza y aturde, que legitima hasta el más burdo discurso. En muchos países, la presencia de militares por todos lados resultaría un escándalo que reflejaría una guerra, un motín, un estado de excepción; así hay países que atendieron las adicciones en lugar de perseguirlas ¿Qué paz se construye sin el pueblo, sin las víctimas y sin las comunidades?, ¿quién sigue espiando a sus luchadores populares y activistas o a quienes investigan la tortura militar? El porfirismo guiaba su dictadura bajo ‘orden y progreso’: la paz de unos frente al terror de su pueblo.
El crimen.
Las guerras imperialistas en Vietnam y otras regiones del sudeste asiático, así como en Centroamérica derivadas del Plan Marshall, instauraron la droga como negocio estadounidense que inmediatamente comenzó a dar vida a paramilitares narcos, como los Contras. Surgió un negocio redondo, la droga generaba ganancias, servía a su ejército, enajenaba a las masas, y generaba mercenarios y paramilitares para reprimir a los pueblos. En L.A., otros ejércitos y gobiernos también servían a los intereses estadounidenses: Argentina, Bolivia, Chile, Brasil, Paraguay, Uruguay, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, en varios de éstos se instauraron dictaduras militares e impulsaron el Plan Cóndor. El imperialismo no necesita invadir un país que ya le es servil y donde dominan sus capitales.
México, con las consecuencias del neoliberalismo, periodo abierto por la crisis del bloque soviético y de agotamiento imperialista para darle continuidad al capital, condujo a la segunda fase de la guerra imperialista contrarrevolucionaria, el plomo superó a la plata, los movimientos políticos de izquierda radical resurgían, pero al momento retrocedían o eran derrotados. Con el pueblo víctima de la rapacidad del capital nacional y transnacional, de sus gobiernos y con los movimientos populares y revolucionarios nacionales e internacionales liquidados quedó a merced del narcogobierno, sufriendo su yugo, presionado a integrarse como militar, paramilitar, policía o colaborador. Frente al descontento social, el hijo bastardo del neoliberalismo creció y se encargó de hacerle el trabajo sucio al Estado burgués. No es casualidad que el crecimiento de la crisis ineludible del Estado capitalista y patriarcal mexicano haya significado también el ascenso del narcogobierno, permitido y solapado: ¿acaso no diversos presidentes han fanfarroneado de que no pasa nada en el país sin que ellos lo sepan?, ¿acaso no los militares tienen la información de todo cuanto pasa?
Por antonomasia, las fuerzas armadas están hechas para la guerra -no para ser jueces, policías, border patrol ni gobernantes-, sin embargo, el priísmo aprobó, frente al contexto de Guerra Sucia, los tres planes de Defensa Nacional. El DN-I obviamente corresponde a guerra frente a un enemigo exterior o justamente a la defensa nacional, DN-II para “garantizar la seguridad del interior” y DN-III, para quedar bien dando apoyo a la población ante desastres y catástrofes. Pero ¿a quién han defendido los militares?, ¿acaso no han sido cómplices de los fraudes electorales, del negocio de guerra y del narco?, ¿cómo van a garantizar la seguridad si han cometido violaciones sexuales a mujeres civiles y hasta sus propias compañeras? Con la subordinación del poder militar al poder civil, los militares se quedaron con una prebenda: el mercado ilegal.
El ahora expresidente Felipe Calderón, enfrentando el cuestionamiento de las masas y al no poder defenderse con un estado policiaco, reiteró la usanza estadounidense, llamó a la Guerra contra el Narco, con ello, los militares mexicanos, los políticos, el narco y el imperialismo estadounidense explicitan aún más su relación de hace décadas. Más tarde, saldrían a la luz los masivos casos de “daños colaterales”, desapariciones, torturas, corrupción, así como el origen de los Zetas y muchas células del narco que provenían o incluso trabajaban en las fuerzas armadas, ya no era posible distinguir entre narcos y militares. El país se ensangrentó y comenzó a ser un gran cementerio, muchos pueblos y comunidades resistieron, pidieron ayuda y en varios casos, tomando consciencia de que ni la policía ni los militares ni el gobierno eran la solución, organizaron su autodefensa y su autodeterminación, generando espacios culturales, educativos, de salud, seguridad y justicia comunitarias, entre otros, ganando autonomía y manteniendo a raya el poder del Estado y de su burguesía ‘ilegal’, inspirados en las experiencias de los Caracoles en Chiapas, Cherán en Michoacán y de las policías comunitarias en Guerrero. Otras poblaciones terminaron subordinándose al narco y otras a las promesas de campaña, abriendo de nuevo las puertas al gobierno y al círculo vicioso.
El mando unificado fue un intento de poner orden en el negocio y en la represión. El pluripartidismo en los niveles de gobierno impactaba también en los corporativos armados y forjaba feudos que discordaban con el mando del cártel, el partido o los funcionarios superiores. El gobierno de El Pacto por México unió a casi todos los partidos en la guerra contra el pueblo. A ello, se sumaba la subordinación al capital, principalmente transnacional, que da órdenes a esta maquinaria del terror para ver cumplir sus (mega) proyectos, so pretexto del ‘desarrollo’. Con ello, cadenas hoteleras, consorcios mineros, maquileros, inmobiliarios y de bienes raíces, constructoras de sectores agrarios como el aguacatero, entre otros, han visto crecer sus ganancias: inversión que crea fosas.
El gobierno de Peña Nieto siguió aumentando el cinismo criminal con Ayotzinapa, Tlatlaya y otros casos. Propuso crear entonces, una policía militarizada con mando único, denominada “gendarmería”, regresó a la Seguridad Pública a la Secretaría de Gobernación -como en la antigüedad priísta-, además de asesoramiento de contrainsurgencia estadounidense y promovió una Ley de Seguridad Interior (LSI). Desde Calderón, los militares aumentaban su porcentaje presupuestal, su peso político también elevó la violencia, el crimen, el asesinato de activistas, periodistas, civiles, violaciones a derechos humanos, espionaje, torturas; los militares estaban en las regiones donde había resistencias populares o intereses del capital, no en donde hay mayor presencia del narco, tampoco ha disminuído la impunidad, las encarcelaciones injustas, etc.
La seguridad y la justicia no van a venir de un gobierno que es incapaz de enjuiciar a los funcionarios de administraciones pasadas o que incluso los mantiene en el gobierno, que le hace la tarea al imperialismo estadounidense y a sus negocios, -que hoy incluso solicita el entrenamiento contrainsurgente como antes lo había solicitado Peña Nieto o los empleados de la CIA, Ordáz y Echeverría-, que da “cursitos” para, supuestamente, profesionalizar a sus corporativos errados de origen, que busca adiestrar, no educar, que da más dinero a la guerra y asfixia a la alimentación, educación, salud, trabajo, vivienda, que no pone el ejemplo y da fin a los vicios naturales de un gobierno burgués. No habrá paz sin justicia.
La crisis de violencia es un problema de Estado urgente que requiere cambios profundos, ir a las raíces, no ser remolcados por la correctividad, no perder el tiempo en paliativos o en mantener el establishment, se requiere de la organización crítica política y social de masas que tome bajo sus riendas el futuro y su supervivencia. Esta tarea no puede darse aislada del mundo, sobre todo del pueblo trabajador de los EEUU, debemos de atacar el segregacionismo, el mercado de armas, abolir la policía, tomar en nuestras riendas los sectores productivos, crear comunidades revolucionarias y defender la autodeterminación de las naciones.
Las derechas.
La democracia burguesa, el circo electoral en donde todo cambia para que nada cambie, es paradójicamente la alfombra en la que se escudan los sectores más retrógradas y conservadores para emitir su opinión bajo el estado moderno. Y es que la ultraderecha y, concretamente la ultraderecha imperialista, son la última opción de la clase empresarial ante el riesgo de que el pueblo les quite el poder. Las fuerzas más reaccionarias crecen fácilmente entre la pequeña burguesía y lumpenproletariado, es decir, entre la clase media y los sectores más atrasados en consciencia de los trabajadores o desclasados, especialmente en situaciones de crisis ante una ‘amenaza’ revolucionaria, instaurando en caso de triunfo un Estado pequeñoburgués totalitario, militarizado, corporativista, burocrático, de aspiraciones imperialistas y de conductas generalmente xenofóbicas. A pesar de ello, la tradición mayoritaria en AL es el militarismo más que el fascismo, el bolsonarismo, fujimorismo, pinochetismo o Bukele, son las mayores caras de la extrema derecha militarista, aunque también tenemos ejemplos de militarismo en Colombia o Argentina.
La policrisis en México y a nivel internacional es innegable y va en aumento, el atraso de consciencia provoca que poblaciones se sumen al crimen, que ideologías y teorías reaccionarias se difundan ampliamente (fundamentalismos, antivacunas, negacionistas de la crisis climática o negacionistas de la historia, teorías de la conspiración), que muchas luchas se encuentren divididas, estancadas, sin dirección revolucionaria y a la cola del régimen, crece la susceptibilidad de regresión a regímenes que se consideraban superados. En nuestro país, la derecha tradicional (la iglesia católica, la vieja burguesía y sus políticos) no han logrado reponerse de las Leyes de Reforma, la revolución, del descalabro que tuvieron en su cercanía con Salinas de Gortari, entre otros escándalos como los de pederastía y del gran repudio que provocan los gobiernos panistas. Por ello, el gobierno de Peña Nieto demostró una gigantesca vulnerabilidad de ser derribado por las masas, la burguesía entonces optó por su plan B que no le encantaba, pero que si no le resolvía el problema, al menos le daba un buen respiro: AMLO.
La #4T del presente gobierno de AMLO, insiste en haber enterrado al PRIAN, pese a que sus expresidentes, jueces y ministros, generales, secretarios, fiscales, gobernadores, en su mayoría están libres o nunca pisaron la cárcel, han tenido un descanso en paz o andan adineradamente prófugos, algunos pensando en reintegrarse a las grandes ligas de la política mexicana, tal vez por Morena, los pocos que están recluidos -principalmente por Estados Unidos, incluso son apoyados por el gobierno mexicano a pesar de no haber dudas de su culpabilidad-. Por otro lado, muchos de estos personajes han sido colocados en posiciones importantes del partido. La Cuarta Transformación mantiene igualmente los fracasos en la paz y ahora los militares tienen a su cargo la “seguridad”, tienen las principales obras, parte del control comercial. “Antes los remataban (a los civiles), pero no es lo mismo ahora” dice López Obrador, sin embargo, cifras de muertos superan las de heridos y detenidos.
Morena absorbió sectores de una amplia diversidad de posturas políticas, nacionalistas de izquierda, derecha y centro, acaparando las esperanzas de las masas. En su intento de capitalizar la oposición, el PAN se fracturó, empero, surgieron nuevos grupos como Frente Anti Amlo (FRENAA) que regurgitaba cristeros, sinarquistas, panistas, fascistas clásicos y de la alt-right (derecha alternativa). Estos grupos no tienen nada de nacionalistas porque apoyan políticas imperialistas u oligárquicas. Éstos lograron meterse al zócalo sin mayor obstáculo -no como las protestas de mujeres, desaparecidos, trabajadores, damnificados u otros-, sólo algunos pequeños sectores de la izquierda radical y de las bases del obradorismo realizamos actos en contra de esa acción. La derecha ha enarbolado un nacionalismo segregacionista, racista, que divide a los pueblos y recluye sus luchas al museo o al olvido, quiere enterrar el hecho de que la independencia nacional no hubiese sido posible sin la lucha antiimperialista e internacionalista de todas las colonias y virreinatos, ofrece a la clase trabajadora seguir en la opresión y la miseria, dar marcha atrás a todas las luchas democráticas por derechos de sectores oprimidos y explotados, su demagogia busca apropiarse, oportunista e hipócritamente, de las banderas de la izquierda real y social, los partidos del régimen, a los que se ha sumado Morena, presentan cada vez menos diferencias.
¿Estamos preparados para enfrentar a la derecha? Para nadie es sorpresa que la derecha -como políticos burgueses- tiene poder financiero y que no puede ser menospreciada, excepto para las direcciones de Morena que siguen la falsedad de que todo señalamiento que se les hace es de la derecha o de los conservadores y pretenden ganarles a base de dimes y diretes. Morena insiste en monopolizar y mantener el membrete de izquierda, sin importar que impulsen políticas antiobreras, militaristas, contrarrevolucionarias y neoliberales, además de desarmar a cualquier alternativa que rompa con su dualismo. Esta usurpación y la manutención de los vicios tiene costos: la desilusión y apatía de las masas, solapamiento de la liquidación de referentes revolucionarios que conduce la vía libre a las derechas (fuera y dentro de la 4T); la pérdida electoral y las victorias de Morena con muy poco margen en entidades estratégicas, como la CDMX, son la consolidación de la derrota de las demandas populares frente a la burguesía, derrotas que otro gobierno de Morena, como el de Sheinbaum, no va a parar o revertir, sólo acrecentar.
AMLO, Morena o el mismo obradorismo no garantizan ayer, hoy ni mañana la derrota final de las oligarquías ni de la derecha. La fe ciega y fanfarronería están dando a la derecha y a los militares todo para ganar en el futuro, sin contar que dentro de Morena se hacen presentes políticas y personajes de derecha que además son la mayoría de la dirección. Las reformas laborales y educativas no han echado atrás al neoliberalismo, las energéticas no son una renacionalización de todo el sector ni frenan o revierten el saqueo y contaminación, las concesiones mineras siguen, el austericidio que no logra eliminar la corrupción, la conducta antiinmigrante subordinada a los Estados Unidos, el Padrón Nacional de Usuarios de Telefonía Móvil y la Guardia Nacional siguen en línea con la tradición prianista y son una oligarquía cada vez más poderosa; otras políticas como la reforma política-electoral a organismos autónomos no profundizan en su democratización o supresión de privilegios, sino a un reacomodo que termina afectando más a los trabajadores que a la aristocracia: Ancira, Salinas Pliego, Slim, Larrea, X González, Harp Helú, Hank González, Hank Rhon, del Valle, Musk y demás capital transnacional, etc. sigue viento en popa, aún cuando muchos de éstos han financiado movimientos reaccionarios o bien promovido golpes de estado.
En la izquierda radical, o que nos asumimos revolucionaria, no caemos en el juego de hacer unidad de acción con la derecha, todo lo contrario, llamamos a ser consecuentes y enfrentar a la derecha. Nosotros no vamos a apoyar a un gobierno burgués que naturalmente no va a resolver las necesidades presentes, como lo haría un gobierno obrero campesino y popular, en cambio, no vamos a esperar a que la contrarrevolución se arme, organice a sus paramilitares bajo completa inacción del gobierno o se deje la puerta abierta para una dictadura militar, tampoco aceptaremos la continuidad de la guerra contra el pueblo, cada instante sin detenerlos cuesta sangre y vidas. No esperaremos 30 años encerrándonos a ganar una lucha de conciencias, una victoria electoral del sistema o posiciones en sistema, enterrando la memoria de quienes nos antecedieron y de las víctimas, con los costos que implica, en un país donde el narco-gobierno asesina a quienes luchan abajo y a la izquierda, no veremos cómo la extinción nos alcanza, las declaraciones son insuficientes ante la integridad de camaradas. Insistimos nuevamente a la izquierda radical a movilizarnos, que las organizaciones mayores que se reivindican de izquierda y sindicatos de clase convoquen a la formación de brigadas antifascistas y contra la militarización. No existe el referente de masas que necesitamos, debemos recuperar el grosor de conquistas e instituciones de los trabajadores que han enfrentado la liquidación capitalista neoliberal, subrayamos la pertinencia de la elaboración de plataformas de unidad revolucionaria internacionalistas para aglutinar fuerzas frente a las próximas coyunturas capitalizando el descontento y engrosando las filas críticas. Los cambios no surgen mágicamente de un escritorio o un curul, sino de la organización e intervención constante en las luchas y de la masa crítica.
¡Basta de impunidad y corrupción!
¡Basta de la falsa guerra contra el narco! ¡Que los militares regresen a sus cuarteles!
¡Contra la guerra imperialista y la subordinación a los Estados Unidos!
¡Contra la derecha y el capital! ¡No a las simulaciones, expropiación, juicio y castigo!
¡Ni un paso al fascismo ni a la ultraderecha! ¡Defensas obreras y populares! ¡Por la construcción de una alternativa política revolucionaria de las masas, independiente de los intereses del capital legal e ilegal y de sus mafias políticas!
¡Seguridad y justicia obrero-popular!
¡Por un gobierno obrero, campesino y popular!
¡Socialismo o extinción!
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